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martes, 1 de febrero de 2011

OPTIMISMO

Este artículo completa el primer pensódromo de 2011 en la Cope de Cataluña. Espero que os guste:



Ahora que entramos en el nuevo año, nos preguntamos qué nos deparará, y nos planteamos cuestiones como si conviene, o no, que seamos optimistas.
Es un momento, por tanto, en el que nos paramos a hacer filosofía, quizá inconscientemente, y sin consultar si alguien ha reflexionado antes sobre ello llegando a alguna conclusión digna de ser escrita, divulgada y conservada hasta nuestros días.
Iniciemos ese ejercicio filosófico, consciente e informado aquí, ¿por qué no?. La filosofía en la Grecia clásica se centraba en cómo vivir una “vida buena”, como decía, por ejemplo, Aristóteles. Veamos cómo nos puede ayudar a ello el hecho de filosofar sobre el concepto del optimismo:

Como siempre lo primero es ver qué entendemos por optimismo actualmente, según recoge el DRAE:

optimismo.
(De óptimo).
1. m. Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable.
2. m. Doctrina filosófica que atribuye al universo la mayor perfección posible.


Efectivamente, además del sentido que todos conocemos del término, existe una segunda acepción, filosófica, con una curiosa historia. La narraré brevemente: Está claro que el mayor optimismo es el que mantiene que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”. Pues bien, justo eso es lo que escribió Leibniz, un filósofo y matemático alemán, a principios del siglo XVIII, en su libro sobre la “justificación de Dios” o “Teodicea”. Intentaba explicar cómo puede existir el mal en un mundo creado y regido por un Dios omnipotente y bueno. Para entender su solución recordemos que muchas veces para arreglar una cosa, terminamos estropeando otra. La más grande sabiduría sería actuar de forma que consigamos hacer el mayor bien a costa del menor mal. Eso, precisamente, es lo que según Leibniz sucede en la Creación divina, que es la mejor posible, ya que si mejorásemos alguna cosa sería empeorando mucho más otra. Según él, Dios nos mantiene en el máximo de bien, en el óptimo de los mundos posibles.
Otros filósofos de la época consideraron tal opinión como una ingenuidad incoherente con la realidad que percibimos, como Voltaire, que la parodió en su “Cándido”, donde popularizó el término “optimismo” para referirse a esa creencia de que vivimos en el mundo óptimo.

Desde entonces su uso fue variando y llegó al de la primera acepción que todos conocemos y usamos, la que se refiere a “ver el vaso medio lleno”.

Para empezar hoy nuestra propia investigación filosófica podemos evitar ambigüedades distinguiendo tres facetas distintas del término, el optimismo respecto al presente, respecto al futuro y el optimismo como ilusión:

El optimismo respecto al presente es precisamente ese “vaso medio lleno” ya mencionado. Un poeta y filósofo epicúreo de los tiempos de los grandes emperadores romanos, Horacio, acuñó un lema, de moda últimamente, que enfatiza la importancia de ese tipo de optimismo para disfrutar plenamente de lo que nos da la vida: el célebre “carpe diem...”. Literalmente, en latín no significaría “disfruta”, sino, más bien, “cosecha” al día. Nos da la idea de que la vida no es como una tierra de labranza, en la que haya que esperar al verano para disfrutar los frutos, sino que la cosecha es diaria, sólo con ponernos a ello y disfrutar hoy de lo que ya tenemos.

En cuanto al optimismo respecto al futuro estaría bien que terminásemos de leer la aludida frase de Horacio en sus “Odas”, porque tras recomendar que cosechemos al día, añade que confiemos lo mínimo en el mañana “...quam minimum credula postero”, precisamente para no postergar el placer que podemos sentir hoy, algo fundamental para los seguidores de Epicuro. Seamos conscientes de que el optimismo es la clave de la motivación, y de que visualizar un resultado deseado es empezar a hacerlo real, pero sin olvidar que si nos distrae de disfrutar en el presente, también nos impedirá disfrutar si conseguimos ese resultado, y nos llevará a la frustración si no.

Y, por último, refiriéndonos al optimismo como ilusión debemos decir que la ilusión en el sentido de engaño es incompatible con la filosofía. La filosofía estudia el conocimiento del hombre, tratando de alejarnos de lo falso, del error. Un optimismo que no nos deje ver lo que podemos mejorar nos impedirá mejorarlo. Y, además, si sólo seguimos el refranero con el “Dios proveerá”, olvidando el “a Dios rogando y con el mazo dando”, caeremos en una inacción estéril.

En resumen, el optimismo puede llevarnos a vivir una vida buena si nos ayuda a salir del “valle de lágrimas” de la Salve, sin llevarnos al “dormirnos en los laureles” de Esopo.


¿Cómo conseguir ese equilibrio, cómo decidir si el vaso está medio lleno o medio vacío?
Tal vez aplicando el concepto estoico de “epojé”, dejar de juzgar.
El vaso está a la mitad.
Disfrútalo, mientras dure.

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