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jueves, 19 de febrero de 2009

Inauguración 1/3/09: Libertad



INAUGURACIÓN DEL PRIMER CAFÉ FILOSÓFICO VALLISOLETANO

El próximo domingo, día 1 de marzo, a las 5 de la tarde, nos vemos para tomar un café mientras reflexionamos sobre conceptos interesantes desde un punto de vista filosófico.
La entrada es libre.
No es necesario tener conocimientos sobre filosofía académica.
En cambio, es imprescindible tener opinión propia, experiencias interesantes en la vida y respeto por los demás.
En esta primera ocasión, hablaremos sobre la Libertad: ¿cómo es posible alcanzarla?, ¿qué relación tiene con la felicidad?...


Ejemplo

Este texto es un ejemplo de diálogo socrático. Con esta pauta comenzamos nuestros cafés filosóficos.
En el ejemplo el diálogo dura un fin de semana. En cambio, nosotros llevamos a cabo el proceso en un poco más de media hora, para luego dedicarnos a debatir usando nuestra propia definición:


Ejemplo de Diálogo Socrático.
Extraído de Marinoff, L., “Más Platón y menos Prozac”, ediciones B, Barcelona, 2004.
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¿Qué es la esperanza?

Con un ejemplo concreto comprenderá mejor el proceso. Un grupo que
dirigí recientemente seleccionó el tema «¿Qué es la esperanza?» para
nuestro curso de fin de semana. Para acelerar un poco el proceso, todos los
participantes acudieron a la primera sesión del sábado con sus ejemplos
personales seleccionados, así que empezamos por presentarlos.
Una mujer habló de su gran esperanza por alquilar un apartamento del que
ella y su compañero habían quedado prendados desde el primer momento.
Expiraba el contrato del apartamento que tenían entonces y el que habían
visto parecía perfecto. Sin embargo, el papeleo los tuvo en suspenso
durante varios días, sin saber si lo obtendrían no (finalmente lo
consiguieron). Un hombre habló de su esperanza mientras aguardaba una
carta de una mujer con la que había vivido un breve pero intenso romance;
el caso es que hacía poco había trasladado fuera de la ciudad. Ella le había
dicho que le escribiría en cuanto estuviera instalada y él iba cada día a
buscar ansiosamente el correo. La carta, empero, no llegó nunca. Una
periodista dijo que ella había esperado que la biografía que había escrito,
sobre una de sus personalidad favoritas, fuera seleccionada por la revista
que consideraba más adecuada para su artículo (lo que ocurrió en último
término). Un hombre explicó mucho que había esperado que todo el trabajo
que había realizado como voluntario en su comunidad le llevara a conseguir
un puesto remunerado. Al final, estableció su propio negocio. Y por último,
una mujer que había abandonado su país para rehacer su vida en Estados
Unidos (lo que había requerido un considerable sacrificio personal y
profesional por su parte) expuso su esperanza de que su hija pudiera
beneficiarse allí de los privilegios y las oportunidades que no eran
accesibles en su país de origen.
Frente a estas posibilidades, el grupo se decidió por la experiencia del
hombre que esperaba carta de su amada. Sam volvió a contar la historia,
esta vez con más detalles, y respondió a todas las preguntas. Juntos, los
miembros del grupo desglosaron después la historia en veintitrés etapas (1.
En la escuela superior conocí a dos hermanas. 2. Los tres nos hicimos
amigos. 3. Llevé a una de las hermanas al baile de gala... 6. Años después,
la otra hermana se presentó en mi casa de forma inesperada... 21. Miraba el
correo esperando tener carta de ella...) y seleccionaron las etapas precisas
en las que había surgido la esperanza. En este caso, encontraron un
sentimiento de esperanza en cinco etapas distintas, con inclusión de la
etapa 21, arriba mencionada, y la 11: «Hicimos planes para pasar juntos
una temporada el próximo verano.»

Una vez detectada la esperanza, nos planteamos la siguiente pregunta:
«¿Qué es esperanza en este ejemplo?» Después de muchas
deliberaciones, el grupo llegó a la siguiente definición: «La esperanza es
actuar de acuerdo con la expectativa de un desenlace favorito que es
compatible con la dirección actual de la vida del individuo.» De un ejemplo
concreto emergió, de este modo, la tentativa de una definición universal.
Y seguidamente, revisamos los otros cuatro ejemplos presentados y
modificamos nuestra definición, de forma que pudiera aplicarse a todos
ellos, así como al ejemplo seleccionado. Teniendo en cuenta las
complicaciones que surgieran, el grupo acordó que la definición era la
siguiente:
«Esperanza es mantener la expectativa de un desenlace favorito, que es
compatible con la experiencia actual en la vida del individuo» (se había
sustituido «actuar» por «mantener» y «dirección» por «experiencia»).
Esta definición podía aplicarse a cada uno de los ejemplos. Todos estaban
satisfechos, a excepción de la mujer que esperaba que su hija tuviera
oportunidades en Estados Unidos. Ella consideraba que la definición no
podía aplicarse a su ejemplo. Todos estábamos de acuerdo en que no era
lo mismo tener esperanza para uno mismo que tenerla para otro, pero
pensamos que, en el segundo caso, bastaría con efectuar un ligero cambio
en nuestra definición: «[...] Que es compatible con la experiencia actual de
la vida de otra persona.»
A continuación, pusimos a prueba la definición planteando ejemplos
hipotéticos, pero ésta resistió bien nuestro examen. El ejemplo hipotético
que consideramos fue el de Cenicienta, que tenía la esperanza de llamar la
atención del Príncipe Azul. El debate giró en torno a si tal sentimiento
estaba, dentro de la experiencia actual de Cenicienta }m por tanto, si era
esperanza (en oposición a fantasía) y, en ese caso, si nuestra definición
podía aplicarse a dicho ejemplo. Decidimos que sí, pues Cenicienta creía
posible que sus esperanzas se hicieran realidad. Quizá si ella misma
hubiera considerado imposible que una simple fregona atrajera los favores
de un príncipe, su sentimiento hubiera estado más cerca de la fantasía.
Para entonces, nuestro fin de semana había casi terminado pero, al menos
hasta ese momento, nuestra definición había resistido con firmeza.
Durante nuestro diálogo, emergieron muchos temas secundarios que no
pudimos resolver en el momento, como ocurre en cualquier diálogo
socrático provechoso. La totalidad del proceso hace que reflexionemos a
fondo sobre las propias experiencias y, como es natural, ello abre otras
puertas. En este caso, tuvimos que tener cuidado de no salimos del tema
con interesantes preguntas como «¿Es necesario que la comprensión de la
esperanza requiera un desenlace determinado (para bien o para mal)?
¿Puede comprenderse la esperanza sin saber lo que ocurre en última
instancia? ¿Es importante conocer las probabilidades de que algo suceda
para identificar la esperanza? ¿La esperanza puede durar de forma
indefinida o tiene un límite temporal? ¿Es posible que el sentimiento de
esperanza para otro refleje altruismo, o implica siempre un interés personal?
¿Cuál es la diferencia entre esperanza y fantasía?» Entre todos, decidimos
dejar de lado estos temas, hasta concluir con el diálogo principal, y
analizarlos después, si quedaba tiempo. (A pesar de nuestras esperanzas,
no tuvimos tiempo para ello.)
Es instructivo comparar la definición consensual de la esperanza, a la que
había llegado este grupo formado por gente de la calle (un escritor, un
psicólogo, un maestro, un estudiante de licenciatura y un empresario), con
las definiciones que ofrecen algunos filósofos famosos. Hobbes, por
ejemplo, escribió: «Pues la sed de que triunfe una opinión se denomina
esperanza.» Schopenhauer, ’ para poner otro ejemplo, escribió: «La
esperanza es confundir el deseo de algo con su probabilidad.» Recuerde
que nuestro grupo escribió: «La esperanza es mantener la expectativa de
un desenlace favorito, que es compatible con la experiencia actual en la
vida del individuo.» Creo que el grupo lo hizo tan bien (si no mejor) que
Hobbes, y mucho mejor que Schopenhauer, quien, obviamente, se dejó
descarriar por un tema secundario que nuestro grupo había identificado:
«¿Es importante conocer las probabilidades de que ocurra algo para
identificar la esperanza?» El hecho de que un grupo de reflexión, integrado
por individuos normales y corrientes, pueda formular una definición de la
esperanza de categoría mundial durante un solo fin de semana es tanto un
testimonio de la comprensión filosófica que yace dormida en la mente
humana, como del poder del método de Nelson para despertarla.
A mi parecer, el diálogo socrático es un encuentro con la sabiduría viviente
que todo el mundo debería experimentar, al menos una vez. No disfrutará
de ello hasta que no esté personalmente preparado, pero no existe un modo
mejor de llegar hasta algunas de las cuestiones más complejas que
apuntalan su vida. La tendencia, en Estados Unidos, no hace más que
comenzar (en Alemania, por ejemplo, puede matricularse en un diálogo de
una semana en cualquier centro de vacaciones). Yo preveo un tiempo en el
que cada estudiante universitario dedicará al menos un fin de semana (de
los cuatro años de clases) a un diálogo socrático. Los diálogos se pueden
organizar también en cualquier lugar donde se cuente con un grupo de
personas dispuestas: centros cívicos, hogares de jubilados, escuelas,
balnearios, centros humanitarios de desarrollo. Uno de mis colegas (Bemard
Roy) está promocionándolos para una compañía de cruceros. Sol, mar y
Sócrates. Matricúleme, por favor.